«Eso no se hizo así toda la vida».
Pocas frases tienen tanta capacidad para iniciar una discusión alrededor de una mesa.
Basta cambiar un ingrediente de una receta familiar, utilizar otra harina o preparar de manera diferente algo que llevamos años comiendo para que alguien la pronuncie.
Y quizá tenga razón.
O quizá no del todo.
Porque hay una pregunta que pocas veces nos hacemos: ¿cuándo empezó esa «toda la vida»?
Las recetas que hoy defendemos como tradicionales no aparecieron escritas en piedra. Pasaron de unas manos a otras, viajaron entre casas y generaciones y tuvieron que adaptarse a los ingredientes disponibles, a las épocas y también a quienes las cocinaban.
Algunos cambios desaparecieron. Otros gustaron tanto que terminaron formando parte de aquello que hoy llamamos tradición.
Y ahí empieza el verdadero debate.
¿Cuánto puede cambiar una receta antes de dejar de ser tradicional?
Para intentar responderlo no necesitamos irnos muy lejos.
Nos basta con mirar algo que en Galicia conocemos bien:
la empanada.
¿Qué significa realmente que una receta sea tradicional?
A veces utilizamos la palabra tradicional como si significara inmutable.
Como si para conservar una receta hubiera que repetirla exactamente igual, con los mismos ingredientes, las mismas cantidades y la misma manera de prepararla generación tras generación.
Pero la tradición culinaria funciona de una forma bastante más interesante.
Lo que se transmite no es solamente una lista de ingredientes. Se transmiten conocimientos, técnicas, maneras de preparar los alimentos, costumbres y hasta esos pequeños gestos que muchas veces ni siquiera aparecen escritos en una receta.
Y todo eso pasa de unas personas a otras.
Pero mientras pasa, también cambia.
Una abuela cocina con lo que tiene disponible. Una hija modifica una cantidad porque en su casa gusta más de otra manera. Alguien incorpora un ingrediente nuevo. Otra persona descubre que una técnica diferente funciona mejor.
Algunos de esos cambios se pierden.
Otros permanecen.
Y después de repetirse durante años, quizá llegue una generación que diga:
«En mi casa siempre se hizo así».
Por eso conservar una tradición no significa necesariamente congelarla.
Significa mantener vivo aquello que le da identidad mientras continúa pasando de unas manos a otras.
Y Galicia tiene ejemplos extraordinarios para entenderlo.
Pensemos solamente en dos ingredientes muy nuestros
Hoy sería difícil imaginar buena parte de nuestra cocina sin el maíz o sin la patata.
Sin embargo, ninguno de los dos estuvo aquí «toda la vida».
El maíz americano comenzó a extenderse por Galicia a partir de la década de 1630. Su implantación llegó a transformar cultivos, paisaje y alimentación en numerosas comarcas gallegas.
La patata siguió otro camino. Aunque existen referencias tempranas de su presencia en Galicia, su cultivo fue inicialmente muy limitado y su expansión importante llegó bastante después, especialmente desde el último tercio del siglo XVIII y durante el XIX.
Los dos llegaron de América.
Los dos fueron, alguna vez, ingredientes nuevos.
Y hoy nadie necesita que le expliquemos qué tienen que ver el millo o las patatas con la cocina gallega.
Quizá entonces la pregunta no sea solamente:
«¿Se hizo así toda la vida?»
Quizá haya otra mucho más interesante:
«¿Qué hace que, con el paso del tiempo, algo termine sintiéndose como nuestro?»
La empanada gallega nunca fue una sola empanada
Si buscamos una prueba de que tradición y variedad pueden convivir, la tenemos delante de nosotros.
La empanada gallega no responde a una única receta.
Cambia la masa. Cambia el relleno. Cambian las proporciones e incluso la manera de trabajarla.
Hay empanadas elaboradas con harina de trigo y otras en las que entra el maíz. También encontramos masas en las que se mezclan maíz, trigo y centeno.
Y con los rellenos ocurre algo parecido.
Del mar llegaron sardinas, xoubas, bonito, bacalao, mejillones, berberechos, pulpo o distintos mariscos. De la tierra, carnes de cerdo y ternera, pollo, chorizo y productos de la huerta.
No hacía falta que todas fueran iguales para reconocerlas como empanadas gallegas.
En buena medida, la empanada se adaptaba a lo que había alrededor.
A los productos de cada zona, a lo que daba la tierra o llegaba del mar, a las harinas disponibles y, por supuesto, a la manera de cocinar de cada casa.
Pero antes de continuar hablando de cómo fue cambiando, merece la pena detenernos un momento en algo todavía más curioso:
¿Por qué empezamos a envolver alimentos dentro de una masa?
No conocemos con certeza el momento exacto en el que nació la empanada gallega, y sería arriesgado atribuirle un único origen. Preparaciones en las que una masa envuelve otros alimentos existen desde antiguo y en diferentes lugares.
Sin embargo, hay una explicación que ayuda a entender por qué una preparación así resultaba tan práctica.
Para quien tenía que pasar horas fuera de casa, trabajar en el campo o recorrer un camino, llevar el alimento protegido por una masa permitía transportarlo ya preparado y mantener el relleno resguardado del exterior y del polvo del camino.
La masa no era solamente parte de la comida.
También hacía de envoltorio.
Y sabemos que, al menos en la Galicia medieval, la empanada ya era un alimento suficientemente conocido como para quedar representado en piedra.
Hay que viajar hasta el Santiago del siglo XII.
En el Pórtico de la Gloria de la Catedral de Santiago, obra del Maestro Mateo, aparece una figura intentando comer lo que se interpreta como una empanada. La escena forma parte de la representación del Juicio Final y se encuentra entre los condenados: más de ocho siglos después, aquella pieza de piedra sigue siendo uno de los testimonios más sorprendentes de la presencia de la empanada en la Galicia medieval.
Y no es la única.
Muy cerca, en el Pazo de Xelmírez, una de las ménsulas de su salón medieval representa una escena de banquete en la que también aparece una empanada.
Quizá nunca sepamos qué llevaban dentro aquellas empanadas.
Pero las esculturas nos cuentan algo mucho más importante:
en la Compostela medieval ya estaban allí.
Y desde entonces la empanada continuó viajando.
De los caminos a las casas. De las casas a las fiestas y romerías. De unas generaciones a otras.
Y, durante ese viaje, fue adaptándose a los productos y a las manos que la preparaban.
Por eso dos familias podían elaborar una misma empanada y hacerla de forma diferente.
Una podía utilizar más cebolla. Otra, menos.
En una casa la masa podía ser fina y elaborada principalmente con trigo; en otra, el maíz podía tener mucho más protagonismo y obligar incluso a trabajar la cubierta de otra manera, colocando pequeños trozos de masa y uniéndolos con las manos.
Y seguramente las dos familias podían afirmar exactamente lo mismo:
«La nuestra es la de toda la vida».
Quizá ninguna estuviera equivocada.
Porque la tradición no siempre nos ha dejado una única receta que debamos reproducir exactamente.
A veces nos ha dejado algo mucho más valioso:
una forma de cocinar ligada a un lugar, a sus productos y a las personas que aprendieron a prepararlos.
Y esto nos lleva a una pregunta un poco más difícil.
Si una empanada puede cambiar de harina, de relleno e incluso de una casa a otra y continuar formando parte de nuestra tradición…
¿dónde ponemos el límite?
¿Dónde está entonces el límite?
Si la tradición ha cambiado tantas veces, podríamos caer en una conclusión demasiado fácil:
siempre se ha innovado, así que cualquier cambio vale.
Pero no es exactamente eso.
Cambiar una receta no significa necesariamente hacerla evolucionar. Y añadir un ingrediente nuevo tampoco convierte automáticamente una preparación en una nueva tradición.
Quizá la diferencia esté en entender primero aquello que queremos cambiar.
Conocer el producto, respetar las técnicas que le dan identidad y comprender por qué determinados ingredientes han funcionado juntos durante generaciones.
Porque innovar no tiene por qué significar borrar lo anterior.
Puede significar partir de ello.
Podemos cambiar un relleno y seguir pochando lentamente la cebolla. Podemos incorporar un ingrediente nuevo y continuar trabajando una masa de manera artesanal. Podemos probar combinaciones diferentes sin renunciar al tiempo, al horno o a la calidad del producto que tenemos entre las manos.
La propia artesanía alimentaria gallega reconoce hoy esa diversidad. La normativa de la Xunta para la elaboración de empanada artesana contempla masas elaboradas con trigo, centeno, maíz o espelta —solos o combinados— y una enorme variedad de posibles ingredientes: carnes, pescados, mariscos, verduras, setas, lácteos o huevos, entre otros.
Es decir, la identidad de una empanada no depende únicamente de que siempre lleve el mismo relleno.
Hay algo más.
Está en la masa. En el sofrito. En las manos que la trabajan. En el conocimiento del producto. En los tiempos que decidimos respetar incluso cuando sería más fácil acortarlos.
Y, sobre todo, está en una pregunta que debería hacerse cualquiera que quiera tocar una receta tradicional:
¿Estoy cambiándola porque tengo algo que aportar o simplemente porque quiero hacer algo diferente?
No es la misma cosa.
Cuando innovar también puede ser mirar hacia atrás
Y aquí aparece una paradoja preciosa.
A veces creemos que innovar consiste necesariamente en añadir algo que antes no existía.
Pero también podemos hacer exactamente lo contrario:
volver atrás y recuperar algo que habíamos dejado de hacer.
Pensemos en la masa de maíz.
Después de la llegada del maíz americano, este cereal acabó integrándose profundamente en la alimentación gallega y en nuestras formas de hacer pan y masas. Hoy recuperar una empanada en la que el millo vuelve a tener protagonismo puede parecernos una novedad precisamente porque ya no es la masa que encontramos con mayor frecuencia.
¿Es innovación?
¿Es recuperación?
Quizá sea un poco de las dos cosas.
Y eso nos lleva al pulpo.
Porque si hay un ingrediente capaz de llevarnos inmediatamente a Galicia, pocos necesitan presentación.
Pero…
¿qué ocurre cuando al pulpo que conocemos le cambiamos aquello que lo acompaña?
Cuando el pulpo se encuentra con otras formas de entender la empanada
Pensemos en una empanada de pulpo.
Probablemente muchos podamos imaginarla sin necesidad de verla: una masa artesana, un relleno jugoso, cebolla pochada lentamente y el pulpo como protagonista.
Esa sería, para muchos, la que reconocemos.
La que nos lleva a un sabor conocido. La que no necesita demasiadas explicaciones porque parte de algo que ya forma parte de nuestra memoria gastronómica.
Pero ahora hagamos un pequeño cambio.
¿Y si al pulpo le añadimos queso Arzúa-Ulloa?
A primera vista puede parecer que estamos alejándonos de la tradición.
Sin embargo, no estamos sustituyendo el pulpo ni escondiéndolo. Seguimos partiendo de una empanada elaborada artesanalmente y estamos incorporando otro producto profundamente vinculado a Galicia: un queso con Denominación de Origen Protegida, elaborado tradicionalmente con leche de vaca y caracterizado por su textura cremosa y su sabor suave.
El resultado ya no pretende reproducir exactamente la empanada de pulpo que alguien recuerda de su casa.
Busca otra cosa:
sorprender sin dejar de hablar de Galicia.
Y todavía podemos hacer el viaje en la dirección contraria.
¿Y si en lugar de añadir algo nuevo recuperamos una masa antigua?
Volvamos al maíz.
Ya hemos visto cómo este cereal llegado de América terminó formando parte de la alimentación gallega hasta convertirse, con el paso de los siglos, en un ingrediente estrechamente ligado a nuestra cultura gastronómica.
Utilizar una masa en la que el maíz vuelve a ser protagonista podría parecer hoy una novedad para quien está acostumbrado a encontrar empanadas elaboradas principalmente con trigo.
Pero, en realidad, estamos mirando hacia atrás.
Estamos recuperando otra manera de entender la empanada: una masa más rústica, más quebradiza, con un sabor y una textura completamente diferentes.
Y entonces ocurre algo curioso.
Tenemos el mismo protagonista —el pulpo— y tres maneras distintas de contar una historia.
Una mantiene un sabor que reconocemos.
Otra se atreve a combinarlo con un queso gallego.
Y la tercera vuelve la mirada hacia una masa de maíz que forma parte de nuestra tradición culinaria.
¿Cuál de las tres es más gallega?
Quizá esa no sea la pregunta correcta.
Tal vez lo interesante sea que las tres parten del mismo lugar y toman caminos diferentes.
Una recuerda.
Otra sorprende.
Y otra vuelve al origen.
La tradición también necesita que alguien la siga cocinando
Las recetas sobreviven porque alguien continúa haciéndolas.
A veces intentando reproducir exactamente aquello que aprendió.
Otras veces cambiando una pequeña cosa.
Y, de vez en cuando, recuperando algo que parecía haberse quedado atrás.
Quizá por eso no deberíamos imaginar la tradición como una fotografía que debemos conservar intacta.
Podemos verla como una conversación entre generaciones.
Una conversación en la que unas personas dicen:
«Así lo hacíamos nosotros».
Y las siguientes responden:
«Lo recuerdo. Ahora déjame probar algo».
Tres empanadas, tres maneras de contar Galicia
Después de todo este recorrido, podríamos volver a la pregunta con la que empezamos:
¿Qué ocurre cuando alguien cambia la receta que «siempre se hizo así»?
Quizá la respuesta sea que depende de cómo y por qué la cambie.
En Manxares Gallegos llevamos esa reflexión a tres empanadas que comparten un mismo protagonista: el pulpo.
La primera es «La que recuerdas».
Una empanada de pulpo para quienes buscan precisamente eso: reconocer un sabor, encontrarse con algo familiar y disfrutar de una elaboración que no necesita reinventarse para seguir teniendo sentido.
La segunda es «La que sorprende».
Aquí el pulpo se encuentra con el queso Arzúa-Ulloa. Dos productos vinculados a Galicia que quizá no esperábamos encontrar juntos dentro de una empanada, pero que nos permiten explorar otra forma de saborear nuestra tierra.
Y la tercera es «La que vuelve al origen».
Nuestra empanada de pulpo con masa de maíz.
En este caso, la novedad tiene algo de paradoja: para hacer algo diferente hemos decidido mirar hacia atrás y devolver protagonismo a una masa más rústica, elaborada con maíz, trigo y centeno.
Tres empanadas.
Una conserva.
Otra se atreve.
Y otra recupera.
Por eso este septiembre quisimos reunirlas bajo una misma idea:
Septiembre sabe a Galicia.
No para decidir cuál es mejor ni cuál es «la auténtica».
Sino para hacer algo mucho más sencillo:
sentarlas a las tres en la misma mesa y dejar que cada uno elija la suya.
Y después de la empanada, algo dulce
Porque si hablamos de una mesa gallega, sabemos que hay momentos que no terminan cuando desaparece el último trozo de empanada.
Queda la sobremesa.
Queda el café.
Queda ese:
«Corta un poquito más, pero pequeño».
Y por eso durante septiembre quisimos que a cualquiera de estas tres empanadas pudiera acompañarla una bica artesana por 25 € en lugar de su precio habitual de 36 €.
La promoción estará disponible hasta el 30 de septiembre al comprar cualquiera de las tres empanadas de pulpo.
Pero después de todo lo que hemos hablado hoy, no queremos terminar preguntándote qué comprarías.
Queremos preguntarte algo bastante más interesante:
¿Cuál de las tres historias se parece más a tu manera de entender la cocina gallega?
¿La que conserva aquello que recuerdas?
¿La que se atreve a probar algo diferente?
¿O la que busca en el pasado algo que merece volver?
Porque quizá la tradición no consista en elegir entre conservar o cambiar.
Quizá consista en conseguir que, muchos años después, sigamos teniendo algo nuestro que sentar a la mesa.
Si ahora tienes curiosidad por probarlas…
En Manxares Gallegos hemos reunido estas tres maneras de entender la empanada de pulpo en nuestra selección Septiembre sabe a Galicia.
Puedes elegir La que recuerdas, nuestra empanada de pulpo clásica; La que sorprende, con queso Arzúa-Ulloa; o La que vuelve al origen, elaborada con masa de maíz.
Las tres se preparan artesanalmente, bajo pedido y se cuecen en horno de leña.
→ Descubre aquí nuestras tres empanadas de pulpohttps://manxaresgallegos.gal/es/30-empanadas-de-pulpo
Y durante septiembre, si quieres completar la mesa, al comprar cualquiera de ellas puedes añadir nuestra bica artesana por 25 € en lugar de 36 €. El descuento se aplica automáticamente al carrito.
Quizá la tradición no sea quedarse quietos
Después de recorrer siglos de historia, mirar las empanadas esculpidas en piedra en Santiago y recordar cómo ingredientes que un día fueron nuevos terminaron formando parte de nuestra cocina, volvemos al punto de partida.
«Eso no se hizo así toda la vida».
Probablemente no.
Y quizá ahí esté precisamente lo interesante.
Porque conservar una tradición no debería significar repetirla sin preguntarnos por qué hacemos cada cosa. También significa conocerla, respetarla, transmitirla y permitir que continúe teniendo sentido para quienes vienen después.
Habrá recetas que queramos conservar exactamente como las recordamos.
Habrá otras que cambiarán poco a poco sin que casi nos demos cuenta.
Y habrá ocasiones en las que alguien se atreva a probar algo diferente y el tiempo decidirá si aquello permanece o simplemente fue una experiencia más.
Nosotros no sabemos cuál será la empanada que alguien recordará dentro de cincuenta años.
Pero sí sabemos qué queremos conservar hoy: el respeto por el producto, la elaboración artesana, el tiempo que necesitan las cosas bien hechas y esa capacidad que tiene la comida de devolvernos, aunque sea durante unos minutos, a un lugar o a una persona.
Porque quizá la tradición no viva únicamente en las recetas.
Quizá también viva en ese momento en el que alguien prueba algo y dice:
«Esto me recuerda a casa».
Y ahora queremos dejarte a ti la última palabra.
¿Hay alguna receta en tu familia que haya cambiado con los años?
¿Una que sigáis preparando exactamente como la hacía vuestra abuela?
¿O alguna en la que alguien se atrevió a cambiar algo y terminó gustando tanto que ahora todos la preparáis así?
Cuéntanoslo.
Porque detrás de muchas recetas tradicionales hay una historia escrita en un libro.
Pero detrás de muchísimas otras hay algo bastante más sencillo:
alguien que un día enseñó a cocinar a otra persona.
Y mientras eso siga ocurriendo, la tradición seguirá teniendo futuro.


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